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Lo que me recordó el río

Pretendo volar y más hondo caigo, disfruto el vacío que parece sin término y reitero que no hay que pensar mucho si quiero correr el riesgo, y siento que vale la pena.

Disfruto del río, me hago uno con él en sus aguas. Soy lo que la corriente quiere que sea, y también lo que quiero que sea de la corriente: alejándome de ella o aferrándome a las piedras. Otros, como yo, se surten del río que no es exclusivo, que recuerda que nada es exclusivo: si llegás a creerlo es porque no recordás que tiene nacimiento y desembocadura, y vos sos simplemente un punto en ese camino.

Este río y estas piedras me antecedieron y seguirán allí cuando ya no exista (así sean otras piedras y otras aguas las del río). Sin embargo, son frágiles y dependientes. Mínimas gotas de lluvia son capaces de volverlo turbio, restarle belleza y quitarle la tranquilidad con que fluye. Igual las rocas, que lentamente se erosionan.

El río carga con lo bueno y con lo malo: agua de manantial, troncos de árboles muertos, desperdicios dejados por la gente. No se aferra a ninguno, no deja que ninguno se aferre a él. Si intentás oponerte a ese fluir a lo sumo flotarás, mas nunca descubrirás la libertad que da el nado y el fluir con el río.

Acepta los cambios: va lento o corre sin pausa de acuerdo a las circunstancias. Para él es insignificante el instante. Olvida porque no puede detenerse pero guarda en sus márgenes pequeños rastros de la memoria, cicatrices que otros leerán y comprenderán. No permite que le roben su historia, pero no hace de ella remolinos inmanejables.

Nunca presenciaré sus transformaciones, corta es mi vida comparada con la suya: se que logró horadar la roca, el mármol y que un día averió motos e inhundó carros durante una creciente.

Se me llevó el reloj durante mi salto al vacío, como si quisiera decirme que no hay tiempo para agobios: frente a lo efímero de la existencia vale la pena, una y mil veces, correr el riesgo de vivir sin medida y sin término.

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