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"Habrá tiempo", me dijiste con una certeza abrumadora. Como si en tus manos estuviera controlar las horas. Casi te pido que me incluyeras en tus certezas, como una duda. Casi te digo que perdemos el tiempo por jugar a ser grandes, a cumplir con responsabilidades y obligaciones. Habrá tiempo, si somos sus dueños. Ya no somos los niños que un día jugábamos basket y la máxima ilusión del momento era ganar el partido y jugar bien. Nos conocemos de antes pero no somos esos que conocimos. Y vivimos juntos, pero nunca intuimos la presencia del otro. Hoy hubo tiempo de encontrarnos. No quería dejarlo por la simple razón de que no sé si mañana habrá tiempo.

El niño que vi sentado a mi lado

Regresaba del trabajo e iba rumbo a casa. Venía algo contrariado porque salía tarde y llegaba, apenas, al que un día fue mi hogar. Me senté en la penúltima banca del bus. A mi lado un chiquillo de menos de 12 años regresaba de su trabajo. Olía a labor, al sudor que le dejó el día. Tenía unas ojeras peores que las mías y una mirada perdida, triste, que salía por la ventana del bus. Me obligó a guardar silencio. A pensar lo bien que estoy, lo bien que vivo. Mi ser, doblemente contrariado, me obligó a escribir estas líneas.