-¿Cuál es su nombre? -Margarita Restrepo. Un escalofrío le subió por la espalda a la despachadora de los jubilados, quien atiende a esos que cada tres meses se reúnen en un salón amplio y lleno de sillas a certificar que están vivos. A recibir una liquidación y a firmar la supervivencia porque llega una época en la que no se vive -sino que se sobrevive- y eso hay que demostrárselo al mundo. La despachadora entendió que no era un espectro. -¿Cómo así?, ¿se murió Margarita Restrepo? Dijo su homónima, dos años más joven. -¿Usted la conoció? -Claro, como era de animada. Siempre nos llegaban trocados los papeles a la clínica. El encuentro cada tres meses es la oportunidad de tomar tinto y hablar de la vida, de las compañeras y compañeros, de la placidez y tranquilidad que les tocó en suerte. Del goce que ahora tienen que certificar. Con los años los jubilados miran a su alrededor y observan con angustia o con indiferencia, según se vea la muerte, que están solos, que lo...
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